miércoles, 10 de septiembre de 2014

La Madrugada del Nazareno


Tiembla el cielo y la luna
se lamenta del dolor...
Un hombre, una bruma,
una espina en esa frente
que al mirarla fijamente
causa frío y da pavor.
Una Cruz, una corona
de espinas crueles clavadas
que hacen gemir su boca.
Y esos labios entreabiertos
y esa mirada perdida
que me toca y que me mira
y provoca el desaliento
a la vez que la ternura
de unas manos entregadas
que abrazan la Cruz y quitan
los pecados de mi alma.

Manda, Jefe, manda lento,
que se haga silencio en la Plaza,
que pronto sale el Nazareno
y las culpas le traspasan
por cada poro del cuerpo.

Se mueve el Paso elegante,
sin retrancos, sin contentos,
con la dulce melodía
de una marcha a paso quedo,
que ve amanecer el día
cuando pasa el Nazareno
el Adarve a la mañana
por el estrecho Postigo
y el arco de Santa Ana.

Baja Adarves, y despacio
parece querer unirse
al devenir del cortejo
todo un clamor de almas,
unas hordas de lamentos,
una saeta en silencio
y un gritar, un sufrimiento
que a mí me siente afligido
cuando va Jesús despacio.

La maravilla está fuera,
el Nazareno ha salido
para enseñar a la tierra
la Faz de Dios malherido.
el Portento y su mirada...
sus ojos, grandes y vivos,
sus pies, descalzos y fríos
y esa luz que me traspasa,
que proviene de su alma
y pone el ánimo en vilo,
son el rostro del que ama...
¡Son mi Fe, son mi ser y mi sentido!

1 comentario:

Ángel Falero Méndez dijo...

Ole, Ole y Ole, no puedo decir mas